Imaginia

martes, junio 16, 2009

Lo dicho

Hace poco les escribí un post sobre lo absurdo que llega a resultar aquello de llamar a una persona de raza negra 'persona de color'. Días después encontré una entrevista con el que fuera el primer jugador negro en la cantera del Athletic de Bilbao.

Reproduzco aquí la introducción por su interés en el asunto que tratamos:

"UNO QUIERE ser fino y, sin quererlo, resulta gilipollas. Cosas que pasan. En estos tiempos tan correctos, de tanto señor y señora, joven y jóvena, racista y racisto, hay que hilar fino. Aunque no haya respeto, al menos que lo parezca. Por tanto, Blanchard es de color. Negro suena mal. «No pongas de color. Nos ofende. Ponlo así: soy negro y estoy orgulloso de ello. Nosotros ya sabemos cuándo nos lo dicen de manera despectiva. Hazme caso. Pon negro». Pues eso, que Blanchard Mooussayou (Luanda, Angola, 1984) fue el primer negro que entrenó en Lezama. Ocurrió hace cinco temporadas. Valverde y Amorrortu se encapricharon de él. Era bueno. Sus cualidades destacaban más que su color. También le quiso el Atlético de Madrid, que le probó durante dos veranos. Dos graves lesiones, primero en la rodilla derecha, luego en la izquierda, mandaron todo al carajo. Blanchard no sabía que tiene sucesores en la ‘‘fábrica’’ rojiblanca, pero se alegra. Un montón".

Aquí la entrevista completa.

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domingo, junio 14, 2009

Adiós, Palas Atenea


Nunca fui supersticioso. O al menos nunca me he percatado si en ocasiones lo soy. El 18 de mayo del año pasado me guardé en mi cartera una tarjeta del hotel Palas Atenea de Mallorca y la llevé siempre conmigo hasta hoy. Pero no fue por manía, simplemente fue una cuenta pendiente que 392 días después ha quedado saldada. La he llevado siempre conmigo desde ese día; la he odiado en muchas ocasiones por todo lo que recuerda. El Real Zaragoza bajó a Segunda División aquel día. Yo lo vi en directo.

Nunca pensé que el desenlace fuera a ser aquel. Viajamos en sábado envueltos en nervios. Pasamos el resto de la tarde en las mesas de cafetería que había en el hall del hotel compartiendo impresiones con todo el que quisiera compartirlas y vimos llegar al equipo. El Zaragoza llegó serio, sólo Sergio García ofrecía una sonrisa cuando le felicitamos los allí presentes por su convocatoria para la Eurocopa que acababa de conocer ese mismo día. Algo más tarde, antes de ir a cenar, Manolo Villanova paseaba por la puerta del hotel y me dijo: “Nos salvamos seguro”. Me lo dijo convencido. Yo le creí y abandoné mis dudas por completo. Tiempo después descubrí que, en aquel momento, era lo que me tenía que decir. Seguramente Manolo tampoco estuviera convencido, quién sabe, pero no podía decir otra cosa que no fuera que el Zaragoza no iba a descender. Es curioso la fuerza que tienen las palabras, seguía nervioso pero desde entonces fui optimista. Por si acaso, un grupo de compañeros ocultamos nuestros miedos bajo el alcohol para intentar olvidar aquel instante. Desperté con la luz encendida y sin recordar apenas nada de las últimas horas de la noche, pero la angustia no se había ido. Al menos me había puesto el pijama…

La mañana pasó lenta, muy lenta, aunque al final llegó el momento de ir al Ono Estadi. Me senté solo en el autobús y gasté el trayecto mirando por la ventanilla sin conversar con nadie. Creo que por entonces ya no creía tanto a Manolo Villanova como en la tarde anterior.

Mario tenía razón. La tarde anterior, al poco de aterrizar en Mallorca, hablamos un buen rato por teléfono y me dijo algo que no olvidaré en la vida. “El momento más acojonante es cuando entra la afición al campo. Entonces, se te caen los huevos al suelo y piensas ‘vamos, que tenéis que ganar por esta gente joder’”. Explicado así quizá no se entienda demasiado bien, pero es absolutamente real. La afición del Zaragoza llegó cuando todavía faltaba más de una hora para que comenzara el partido. Llegó con tantas ganas e ilusiones que los pelos se ponían de punta y la angustia crecía más pensado qué sería de aquella alegría si el equipo bajaba. Había más de mil personas, todas se escondieron en los pasillos cuando comenzó a llover. Jamás he vuelto a ver llover así. Fue injusto porque la tormenta alargó la agonía y retrasó el partido una hora. Las gradas se quedaron vacías e incluso bromeé con Pedro en nuestro asiento sobre la posibilidad de que se suspendiera y tuviéramos que quedarnos en Mallorca un día más. En el fondo yo no quería eso, pero suponía una forma de evadirnos de la realidad y retrasar, aunque sólo fuera de manera imaginaria, lo que tenía que suceder. Pero no fue así, los cantos de la hinchada zaragocista rugían en los pasillos. No se veía a nadie, pero se les podía sentir de una manera descomunal.

Luego vino el desastre. El Mallorca se puso 1-0, el Zaragoza avivó la esperanza con un 1-1 que le permitía salvarse y al final acabó perdiendo 3-2 y se fue a Segunda División.

Más tarde, un numeroso grupo de aficionados abroncó a los jugadores en el aeropuerto como se puede ver aquí.


Cuando los periodistas llegamos al aeropuerto, también recibimos nuestra parte. No fue tan exagerado como en el vídeo, pero resultó muy angustioso. Tuve la suerte de ser un perfecto desconocido y así me zafé de los ataques verbales personales. Otros corrieron peor suerte. La indignación llegó a tal punto que un hombre estampó en el suelo el monitor del mostrador de embarque ante la atónita mirada de la azafata. El vuelo iba con retraso. Una vez que la agitación bajó el nivel, L. me llamó desde Soria. Celebraba el ascenso del Numancia. Yo me fui a una silla, lejos de todos, y lloramos juntos. El Zaragoza sólo me ha hecho llorar dos veces. La primera fue horas después de que le birlara la Copa del Rey al Madrid con un partido supremo. El periodismo no te permite disfrutar de ese tipo de momentos en el acto y las emociones te afloran al rato, cuando ya lo estás celebrando. La segunda vez fue aquella noche en Mallorca. Cuando colgué, levanté la cabeza y avisté al tipo que fue diciendo a personas del club que yo fui a una concentración anterior del equipo en Barcelona con malas intenciones. Nada que ver con la realidad, por supuesto. Lo odié como nunca antes.

Llegué a casa sobre las tres de la mañana y me eché a dormir. Al día siguiente ordené mis cosas y fue entonces cuando descubrí la tarjeta del hotel. Quise estrujarla, pero al final decidí guardarla hasta que todo volviera a su inicio. Ayer, el Zaragoza ascendió a Primera División. Se me escapó alguna lagrimilla, pero sentí una satisfacción tremenda sabiendo que ya podía deshacerme de esa tarjeta y sacarme de encima esta historia que desde hace tanto tiempo deseaba revelar. Sólo el gran Andrés la conocía y ayer, nada más verme por la noche, me preguntó: ¿Y la tarjeta? “Mañana”, le dije. Y mañana llegó y Palas Atenea desapareció al fin de mi vida.
Adiós.

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jueves, junio 11, 2009

Memoria previa a un ascenso (III)

Sucedió hace sólo una semana y eso lo sitúa en el pasado. Yo no estuve allí, pero me hubiera encantado. Las imágenes valen mucho más de todo lo que yo les pueda escribir...

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martes, junio 09, 2009

Memoria previa a un ascenso (II)

A veces me gustaría retener en mi conciencia la promoción ante el Murcia. De aquel partido de vuelta en La Romareda cuando todavía existían las entradas de pie, las que valían 100 pesetas y cuando Vitín tenía el gesto algo asustadizo y una mayoría de edad menos. He visto varias veces el resumen del partido de vuelta (hay uno que me encanta en el que se suprimió la voz del narrador para dejar el sonido ambiente; así deberían ser todos los resúmenes y retransmisiones ya que el fútbol es de la gente y resulta justo escuchar también sus reacciones ante lo que sucede). Supongo que aquel día estaría perdiendo el tiempo en cualquier lado en lugar de seguir la narración por la radio para celebrar que el Zaragoza escapaba de caer a Segunda en un partido a vida o muerte. Quién sabe.

Era 19 de junio de 1991; yo acababa de cumplir diez años catorce días antes y no lo recuerdo. La primera vez que tengo constancia de mi interés por el fútbol la establezco en el Mundial de Italia 90, un verano antes de aquello. No sé cómo viví los tres goles de Míchel a Corea en la primera fase, pero no olvido el transcurrir de los octavos de final. En el autobús escolar de regreso a casa el conductor sintonizó el Yugoslavia-España y pocos se atrevieron a abrir la boca durante el trayecto ante la mayoría silenciosa de futboleros. Mi hermano mayor y yo bajamos a toda prisa en nuestra parada y corrimos a casa para ver la segunda parte que se acababa de iniciar. Gritamos con cautela el gol de Julio Salinas a escasos diez minutos del final que dejaba el partido 1-1, pero nos decepcionó un tal Stojkovic con un gol de falta que mandaba a la selección a casa. De aquel Mundial también recuerdo que, contraviniendo las normas de la casa, mis padres colocaban en la sala de estar una pequeña mesita de madera y una silla de mimbre que había en mi cuarto y allí cenaba mientras observaba algunos partidos, alterando la rutina diaria de esa escena en la cocina. Me acompañaban sentados en el sofá y reían cuando yo me arrancaba a carcajadas cada vez que escuchaba el nombre de Luis Gabelo Conejo, portero de Costa Rica, o jaleaba al camerunés Roger Milla, mi favorito de aquel Mundial, cuando tuvo en su mano a Inglaterra en cuartos y al final Camerún se dejó comer la tostada. Me fascinaba entonces que un grupo de jugadores negros pudieran ganar a Inglaterra.

De aquella promoción entre Zaragoza y Murcia, me fascina ahora el ambiente que se generó aquel día en La Romareda. He podido ver las gradas a reventar e incluso bengalas, algo impensable hoy en día. La gente celebró el contundente 5-2 saltando al césped del estadio. Algo que también me resulta algo impensable a día de hoy. Esta semana me da por establecer paralelismos entre aquel partido y el de este sábado ante el Córdoba pese a que representan sentimientos radicalmente distintos. Entonces había miedo por un desenlace inesperado. Ahora hay ilusión por ver realizado el constante anhelo del regreso a Primera que tuvimos durante todo este tortuoso curso. Sin embargo, en ambos momentos quiero adivinar pasión y una entrega total a un equipo. Y eso me gusta; y me altera.

Creo que no ha sido buena idea iniciar este humilde serial. Cada día que pasa estoy más nervioso y digamos que esa resolución no me viene nada bien cuando se apagan las luces y me abraza la almohada. El problema es que no puedo evitar recordar miles de cosas ahora que el Zaragoza va a regresar a Primera División. En el fondo soy un contrasentido. Los nervios empiezan a dominarme, pero estoy convencido de que el sábado vamos a ganar. También lo estoy de que me colaré en el vestuario. O de que al menos haré todo lo imposible para lograrlo.


Aquí el resumen del 5-2:

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lunes, junio 08, 2009

Memoria previa a un ascenso (I)

La primera vez que vi un gran partido del Real Zaragoza en La Romareda tenía 15 años. Como rival actuaba el Rayo Vallecano y el desenlace del espectáculo fue un 3-2 sellado por un enorme Morientes casi sobre la hora y bajo una manta de agua que pobló la grada de paraguas. Siempre defiendo que fue el primero, aunque a lo largo de los años me he cuestionado sobre la veracidad de este recuerdo en varias ocasiones. Es decir, si realmente aquel fue mi primer gran partido en el templo del fútbol, como me gusta llamarlo desde que se lo oí un día a Pedro Luis. Por mucho que he buceado entre mis recuerdos no he logrado encontrar otra ráfaga que pueda establecerse como anterior en el tiempo. El problema es que mi memoria no retiene mi infancia de una manera lineal. Simplemente se limita a guardar pequeños flashes que evocan instantes concretos y no la progresión de una adolescencia. Incluso muchas veces tengo serios problemas para adivinar si el profundo corte que me dibujó en el dedo meñique un cristal roto del patio de mi casa fue anterior o posterior en el tiempo a la caída libre del tobogán. Por ejemplo. En este caso, sé que no fue mi primer partido en La Romareda. El primero fue un Zaragoza-Deportivo, un par de temporadas antes, en el que Pardeza marcó el gol del triunfo tras un pase genial de Cafu, entonces campeón del mundo con Brasil. Fue lo único bueno que le vi al brasileño en sus seis meses en Zaragoza. Eso lo doy por seguro.

Pese a la conjetura, puedo asegurar que acierto. Sé que fue así porque recuerdo la liturgia de la semana y la emoción de los días previos. Las entradas se vendían en un pequeño puesto de la planta de deportes de El Corte Inglés o en las taquillas del estadio. Valían mil pesetas. Yo opté por la primera opción; me caía mucho más cerca de casa. No me importó el incordio de la lluvia. Cogí mi bufanda, un paraguas y algo de dinero para comprarme antes del inicio una coca cola y unas pipas y salí de casa decidido. Mi primo y yo nos sentamos en el fondo norte, cerca de donde ahora se asienta el Ligallo. Afortunadamente, nuestras butacas quedaban cubiertas por el tejado, concretamente estábamos bajo el marcador de ese lateral, y no nos mojamos. El partido fue emocionante. Zaragoza y Rayo luchaban por escapar del descenso. Los visitantes se pusieron 0-2 en menos de veinte minutos mientras mi primo y yo maldecíamos haber elegido aquel partido y no otro anterior. “Llueve, está claro que era una mala señal”, compartíamos. Minutos antes del descanso, el Zaragoza marcó el 1-2 y eso nos permitió divagar durante todo el descanso con la remontada. Y comer pipas. La remontada llegó en un final inmejorable. Me marché a casa muy feliz. Semanas después, el Zaragoza confirmó que no iba a descender y el Rayo se fue al cuerno tras perder en la promoción con no sé quién. Con su partido se despidió aquella extraña liga de 22 que se inventaron entre cuatro equipos y una Federación.

Tras aquel han venido unas cuantas tardes y noches para el recuerdo que sería demasiado costoso describir ahora con la quietud que merecen. Quise hablar de este partido por ser el primero del historial de emociones. También porque hace poco encontré en Youtube cientos de video-resúmenes históricos, y no tan históricos, de partidos del Real Zaragoza. Y buceando entre todos ellos encontré éste y casi me dio por sonreír al recordar buena parte de los instantes que viví aquella tarde.

Aquí el resumen:

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